A 40 AÑOS DE “LA CARTA” Y LA HEROICA MUERTE DE WALSH


La caída


    Cómo él mismo lo dijo cuando mataron a Paco Urondo: Rodolfo hubiera podido exiliarse y ser considerado un intelectual digno, famoso y comprometido, pero eligió caer combatiendo, como unos meses antes había caído su hija Vicky.

    Concurrió a la cita envenenada en San Juan y Combate de los Pozos, movido por un deber solidario hacia un compañero que le había pedido auxilio en el teléfono de control. Este compañero, Jorge Salgado, que le requería un lugar para esconderse, estaba en realidad en manos del  Grupo de Tareas 33/2 de la ESMA, que comandaba el capitán de corbeta Jorge “El Tigre” Acosta. Y Acosta había logrado quebrarlo para que le entregara al hombre que iba en su ayuda.

    Rodolfo Jorge Walsh había recorrido calles de Constitución, buscando buzones donde depositar sobres dirigidos a periodistas, políticos, empresarios y diplomáticos, que contenían su inolvidable “Carta de un escritor a la Junta Militar”. Admirable en la rusticidad de su vestuario, terriblemente contrapuesto a las imágenes de muchos escritores fashion de hoy en día, Walsh transitaba metódicamente de un buzón a otro, con esa pinta de pastor rural que reforzaba un sombrero de paja a lo Van Gogh. Al medio del cinto, el falso pastor escondía un revólver 22 que no le iba a servir para resistir exitosamente una emboscada, pero sí para obligar a eventuales cazadores a tener que matarlo en el acto.

Y así fue.

En San Juan y Combate de los Pozos, aquella “esquina cualquiera” que Borges había anticipado en su nostalgia de los guapos que morían peleando, los vio venir inconfundibles, en el vuelco de la tarde: el Tigre, el Cuervo Astiz, que quiso tacklearlo sin éxito, el subcomisario Ernesto Webber y diez o doce siniestros más.

Sacó el 22 y tiró. Dicen que dejó rengo a un miembro de la patota que luego sería condecorado en una ceremonia secreta dentro de la ESMA. Los marinos lo “cortaron” con una ráfaga de FAL y cayó junto al árbol que había encontrado como parapeto para dispararles. Webber relató a sus compinches que el “tipo sangraba y no se moría nunca”. El le dio el tiro de gracia. Por esa continuidad de los parques de nuestra historia, catorce años más tarde el hijo de Webber, que también era subcomisario y asesino, participó como verdugo en la masacre del 20 de diciembre de 2001.


Prisioneros sobrevivientes, como Martín Gras (“Chacho”), vieron el cadáver acribillado de Rodolfo cuando lo llevaron a la ESMA. Dicen que los marinos lo quemaron en uno de sus macabros “asaditos” como a todos los que llegaban muertos a la Escuela de Mecánica de la Armada. Patricia, la segunda hija de Walsh que también es periodista y fue diputada, ha reclamado que busquen los restos calcinados y cotejen con su ADN. Sospecha que los miembros del GT/332  lo enterraron en el campo de deportes contiguo a la ESMA, que aún sigue siendo propiedad de la Armada. Hasta ahora nada se ha hecho judicialmente al respecto.

Por una de esas jugarretas absurdas del destino, Walsh que era super prolijo en temas de seguridad e inteligencia,
llevaba entre sus ropas cuando lo mataron, el contrato de alquiler de la casa clandestina que habitaba junto a su compañera Lilia Ferreyra. Lilia, que falleció hace poco, me contó en el exilio mexicano de fines de los setenta lo que había ocurrido aquel 25 de marzo de 1977, al cumplirse un año y un día del golpe. Ella y Rodolfo habían tomado el tren en San Vicente que los conduciría a Constitución, con el tiempo un poco corto para llegar a sus respectivas citas. Mientras caminaban hacia la estación de San Vicente los alcanzó el hombre que les alquilaba la casa para entregarles el contrato de alquiler. Rodolfo quiso disuadirlo pero el casero insistió y entonces se lo tuvo que guardar en un bolsillo. Allí figuraba, obviamente, la dirección de la casa. Eso les permitió llegar a los asesinos.

En la noche del 25 al 26, Lilia –que temía lo peor porque Rodolfo no había regresado en el tiempo convenido- fue con Patricia, su marido, su pequeña hija, María y el nietito recién nacido que pretendían mostrarle al abuelo en un asado y salió espantada de la casa de San Vicente: “pasó algo muy malo”, les dijo y no les quedó otro remedio que huir hacia un lugar seguro.


Los marinos habían allanado –a lo bestia- la casa de Rodolfo y Lilia y se habían alzado con el archivo fotográfico del diario “Noticias” (que alguna sobreviviente comercializaría años después con distintas editoriales), el último cuento inédito de Walsh y el libro que estaba escribiendo, una especie de “Operación Masacre” a escala gigantesca. Después del allanamiento bombardearon la vivienda con lanzagranadas provocando el terror de los vecinos.

Se clausuraba de este modo una corta pero extraordinaria parábola existencial, que sólo había durado medio siglo. El cuentista prodigioso de “Los oficios terrestres” y “Esa mujer”, el hombre que se había adelantado a la CIA descifrando un mensaje en clave que  llegó a la redacción de la agencia Prensa Latina, en La Habana, antes de Playa Girón, el fundador del periódico de la CGT de los Argentinos, el creador del “new journalism” –que se había adelantado siete años a la publicación de “A sangre fría”- había muerto como un valiente, enfrentando a la temible patota de la ESMA, arrebatándoles el gusto de torturarlo y exhibirlo como un trofeo en las catacumbas de la dictadura militar. 

Los marinos que hicieron desaparecer su cadáver, también secuestraron sus últimos escritos inéditos, que algún día la justicia debería recuperar porque pertenecen al patrimonio cultural de los argentinos.

Por suerte se había salvado su “Carta de un escritor a la Junta Militar”, que no sólo es una obra maestra –comparable en estructura y lenguaje a las Catilinarias de Cicerón- sino una radiografía de espeluznante actualidad sobre los motivos reales que tuvieron los militares y sus patrones del poder económico para dar el golpe del 24 de marzo de 1976. El más sangriento de la Argentina moderna.

La Carta

Adelantándose con gran lucidez a desmantelar sandeces como la “teoría de los dos demonios”,  que se instalaría varios años después, Walsh identificó ya en aquel entonces, el verdadero motivo del golpe cívico-militar:

“En la política económica de este gobierno debe buscarse no sólo la explicación de sus crímenes sino una atrocidad mayor que castiga a millones de seres humanos con la miseria planificada”.

“En un año han reducido ustedes el salario real de los trabajadores al 40 por ciento, disminuido su participación en el ingreso nacional al 30 por ciento, elevado de 6 a 18 horas la jornada de labor que necesita un obrero para pagar la canasta familiar, resucitando así formas de trabajo forzado que no persisten ni en los últimos reductos coloniales”.

Cualquier parecido con la actualidad no es pura coincidencia, como lo evidencian los párrafos siguientes:

“Congelando salarios a culatazos mientras los precios suben en las puntas de las bayonetas, aboliendo toda forma de reclamación colectiva, prohibiendo asambleas y comisiones internas, alargando horarios, elevando la desocupación al récord del 9 por ciento y prometiendo aumentarla con 300.000 nuevos despidos, han retrotraído las relaciones de producción a los comienzos de la era industrial(…) Los resultados de esa política han sido fulminantes. En este primer año de gobierno el consumo de alimentos ha disminuído el 40 por ciento, el de ropa más del 50 por ciento, el de medicinas ha desaparecido prácticamente en las capas populares(…) basta andar unas horas por el Gran Buenos Aires para comprobar la rapidez con que semejante política la convierte en una villa miseria de 10 millones de habitantes”.





Y un final sinfónico, que merece reproducirse, aunque lo hagan miles de sitios en estas fechas:

“. Un aumento del 722% en los precios de la producción animal en 1976 define la magnitud de la restauraciómn oligárquica emprendida por Martínez de Hoz en consonancia con el credo de la Sociedad Rural…”

“. …la rueda loca de la especulación en dólares, letras, valores ajustables, la usura simple que ya calcula el interés por hora, son hechos bien curiosos para un gobierno que venía a acabar con el ‘festín de los corruptos”.

“Frente al conjunto de esos hechos cabe preguntarse quiénes son los apátridas de los comunicados oficiales, donde estan los mercenarios al servicio de intereses foráneos, cuál es la ideología que amenaza al ser nacional.






Y lo más importante de todo, que muchos macartistas a la violeta no quieren ver:

“SI UNA PROPAGANDA ABRUMADORA, REFLEJO DEFORME DE HECHOS MALVADOS NO PRETENDIERA QUE ESA JUNTA PROCURA LA PAZ, QUE EL GENERAL VIDELA DEFIENDE LOS DERECHOS HUMANOS O QUE EL ALMIRANTE MASSERA AMA LA VIDA, AUN CABRIA PEDIR A LOS SEÑORES COMANDANTES EN JEFE DE LAS TRES ARMAS QUE MEDITARAN SOBRE EL ABISMO AL QUE CONDUCEN AL PAIS TRAS LA ILUSION DE GANAR UNA GUERRA QUE, AUN SI MATARAN AL ULTIMO GUERRILLERO NO HARIA MAS QUE EMPEZAR BAJO NUEVAS FORMAS, PORQUE LAS CAUSAS QUE HACE MAS DE VEINTE AÑOS MUEVEN LA RESISTENCIA DEL PUEBLO ARGENTINO NO ESTARAN DESAPARECIDAS SINO AGRAVADAS POR EL RECUERDO DEL ESTRAGO CAUSADO Y LA REVELACION DE LAS ATROCIDADES COMETIDAS”.

En algún lugar inhóspito y mal apropiado cerca del Río, algunas células heridas e incendiadas, algunas vértebras entrañables del Maestro, se revuelven entre las hojas de hierba. En las fotos que nos lo recuerdan vivo y atento, mira desde la Historia, con sus gruesos lentes, cargados de ironía y precisión matemática. Y nosotros, desde esta orilla, sólo podemos jurar que vamos a honrarlo –mientras vivamos- contando simplemente los hechos. Que, como él solía decir: “nunca te defraudan”. 

Miguel Bonasso

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