A GERARDO BAVIO: PARA DETENER LAS AGUAS DEL OLVIDO


"...y en nosotros nuestros muertos
pa’ que naide quede atrás."
Atahualpa Yupanqui

Ayer, en Tucumán, se nos ha muerto Gerardo Bavio, un enorme argentino que la inmensa mayoría de nuestra sociedad desconoce por completo. Ayer le mandé mi abrazo fraterno a su extraordinaria compañera Pila Garbarino y a su hijo Héctor Ramón, a quien vi recién nacido en el exilio mexicano.

  
Gerardo era un salteño de rostro grave y cejas pobladas, que rápidamente se tornaba sonriente ante cualquier comentario irónico, como los que él mismo hacía, sin caer jamás en la mala leche. Por el contrario: debe haber sido, sin duda el único ser humano total y absolutamente angélico que conocí en mi vida.

    También el ser humano más modesto. Jamás lo escuché jactarse de ninguna de las experiencias históricas que protagonizó en sus 91 años de vida. Noventa y un formidables años, en los que seguía combinando la actividad militante con una vieja pasión juvenil por la pintura, que había postergado durante los años de la lucha, la cárcel y el exilio. Aquí, en una de las paredes de la biblioteca donde escribo, tengo una acuarela de un arriero, hermosa en su sencillez, que tuvo la generosidad de regalarme.

    Pocos sabíamos, por ejemplo, que en 1962 había sido uno de los argentinos que acompañaron al Ché Guevara en su paso por el ministerio de Industria de Cuba. O que este ingeniero civil, graduado en Córdoba en 1953, había enseñado termodinámica en la efervescente Universidad de La Habana, formando cuadros para la Revolución Cubana.

    Ligado al peronismo revolucionario desde los tiempos de John William Cooke, desembocó en los 70 en la gran corriente de la Tendencia, que estaba lejos de ser unívoca hasta que se consolidó la hegemonía montonera. Antes, había fundado con otros cuadros técnicos, la rama salteña del Comando Tecnológico Peronista. En los históricos comicios del 11 de marzo de 1973 fue elegido Intendente de Salta y asumió el 25 de mayo, con Miguel Ragone –otro militante consecuente- como gobernador de la provincia.

    Duraron poco en el poder y pagaron muy caro ese breve paso: Ragone fue ametrallado por la Triple A trece días antes del golpe militar y Bavio fue detenido en noviembre de 1974 y puesto “a disposición del Poder Ejecutivo Nacional”, durante el gobierno “democrático” de María Estela Martínez Cartas de Perón. Lo liberaron en febrero de 1975 y en vez de marcharse al exilio, se metió en la organización del Partido Auténtico, que conducía –no muy en la sombra- Montoneros.

    Allí lo conocí, en noviembre de 1975, cuando yo mismo me hice cargo de la Secretaría de Prensa del Auténtico. Y militamos juntos antes y después del golpe. Recuerdo que más de una vez tuvimos el mal gusto de hacer una cita sobre Corrientes, cerca del Once. Probablemente porque Gerardo debía tener su escondite por ahí.

    Me llevaba catorce años y eso, cuando uno andaba en sus 30, lo convertía en un “viejo”, un compañero más cercano a Framini, a Armando Cabo, a Don Oscar Bidegain o a Obregón Cano, que a la mayoría de los cuadros montoneros, que aún eran más jóvenes que yo.

    Después, coincidimos en Madrid, donde con un grupo de compañeros entre quienes se encontraban Daniel Vaca Narvaja y Pablo Ramos, decidimos enviar un fuerte documento crítico a la Conducción Nacional de Montoneros, que se conoció como “el Documento de los Tenientes”. Fue el paso inicial de una ruptura que se ampliaría, poco después, con la creación del grupo Montoneros “17 de Octubre” de efímera duración. 

    Volvimos a coincidir en México, adonde dimos la lucha interna contra contra la Conducción e intentamos salvar a los compañeros que eran enviados a una segunda etapa de la trágica contraofensiva. Hicimos esfuerzos voluntaristas para crear una alternativa política en el país y, cuando fracasamos, apoyamos a la corriente de Intransigencia Peronista.

    Desgraciadamente, lo que ingenuamente pensábamos que sería transitorio, se fue convirtiendo en un largo y penoso exilio. Que tuvo la virtud, sin embargo, de conectarnos con la realidad de otras luchas, como las que se libraban en Nicaragua y El Salvador. Nuestros hijos crecieron y Gerardo y Pila tuvieron la inmensa alegría de Héctor Ramón, que llegó allí, frente al Viaducto, en el Hospital de México.

    Gerardo, Pila y Héctor Ramón regresaron al país en 1990. Yo me demoré hasta 1997.  Ellos se instalaron en el Tucumán de Pila y allí los encontré, más de una vez, cuando viajé a presentar mis libros.

    Miro la acuarela del arriero norteño, cierro la página y me digo que hay que rescatar a los argentinos anónimos como Gerardo Bavio, que vivieron lo que les tocó vivir y sufrir en pudoroso silencio. Me digo que todavía hay miles de historias como la de él y Pila para contarles a los muchachos, a los pibes, como mi hijo de tres años, Camilo, y que, obviamente, no tendré ni las horas ni los años para hacerlo. Pero hay que empezar cuanto antes a parar lo que Cervantes llamaba “las aguas del olvido”.
   
Miguel Bonasso
 

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