Don Julio



Durante muchos años, aunque nos viéramos seguido éramos Don Julio y Don Miguel. “Hola, Don Julio”, “Don Miguel, carajo, que gusto verlo”, “Lo mismo digo, Don Julio”.

    Pasaron años, antes de que mandáramos a la mierda el solemne tratamiento y adoptáramos el tuteo. En mi caso fue un ascenso, porque Don Julio Scherer García era el periodista más valiente y respetado de México. Uno de esos grandes dinosaurios del periodismo mundial, que van desapareciendo por obra de la biología, pero –sobre todo- a causa de la decadencia planetaria. La politiquería y sus operaciones, el marketing, los docks reciclados por la corrupción y el aburrimiento. Los Miamis de un mundo que tapa con las tetas de la farándula, los cadáveres de todos los desnutridos de la Tierra.

    Cuando lo conocí, en 1975, Don Julio era el todopoderoso director de Excelsior, uno de los diarios más importantes del Continente y yo estaba de licencia en mi profesión de toda la vida para meterme de lleno en la resistencia contra el terrorismo de Estado que ya imperaba en el gobierno “constitucional” de María Estela Martínez de Perón y su Brujo, José López Rega.

    Scherer viajaba a Buenos Aires y yo lo visité con Carlos Suárez (otro amigo ya fallecido), a fin de suministrarle los “tips” básicos que le permitieran entender ese misterio que siempre ha sido la Argentina para el resto del mundo. Le fue bien y me lo agradeció con entusiasmo. (Una constante en Julio, ese entusiasmo que se prodigaba en exclamaciones rotundas, llenas de gracia, como cuando le dije –hace tres años- que iba a México a presentar mi libro “El Mal” . __¡Me vale verga tu libro, pinche Miguel! ¡Lo que quiero es darte un abrazo!).

    A fines de 1975 yo regresé clandestinamente a la Argentina, con mi esposa, Silvia y mis dos hijos pequeños Federico y Flavia. En diciembre de 1976, en mi casa clandestina de Buenos Aires, me enteré que el Poder (en ese caso el del presidente priista Luis Echeverría) había orquestado un golpe de estado dentro de la cooperativa del Excelsior para echarlo a Julio y a sus seguidores, que eran legión. Más cerca yo de la muerte que de cualquier forma concebible de futuro, estaba lejos de imaginar que volvería a verlo y construiríamos una profunda y fabulosa amistad en ese México que ya forma parte determinante en la urdimbre de mi vida.

     A comienzos de 1978, la organización me plantó en México, como secretario de Prensa del Movimiento Peronista Montonero y esto me permitió reencontrarme con Scherer, quien, con gran valentía y tenacidad, había sacado el semanario “Proceso”, que se leía mucho más que los diarios adocenados, sometidos al Partido-Estado que llevaba décadas en el poder.

    La inminencia del Mundial nos permitía amplificar las denuncias sobre las atrocidades que estaba perpetrando la dictadura militar. Lo fui a ver.

    __Don Julio, ¿le gustaría entrevistarse en la clandestinidad con miembros de la resistencia?

    Pegó un salto, rojo de entusiasmo.

    __Ya, Don Miguel, ya.

    Viajó, se entrevistó con dirigentes y militantes de base y escribió una de las crónicas más apasionantes sobre la dictadura de Videla, que –obviamente-fue portada de “Proceso”.

    Treinta y tantos años después me preguntaba por mail si el dictador seguía yendo a la capilla Stella Maris. Los periodistas mexicanos siempre han estado apasionados en nuestros asuntos, como nunca lo han estado los periodistas argentinos con el tema estratégico de México. (Con las debidas y consabidas excepciones de rigor, claro).   
   
    Nuestra relación se reforzó, pero seguíamos siendo “Don Julio” y “Don Miguel”.
    El vuelco, espectacular, se produjo a fines de 1984, cuando se publicó en México “Recuerdo de la muerte”. Julio lo devoró y me condecoró como periodista al invitarme a escribir todas las semanas para “Proceso”.

    Una noche, cenando en nuestra casa de Mariano Escobedo, con ese gran provocador que era mi padre Ernesto (también periodista), el tuteo nació de manera espontánea, sin hacerse notar y se instaló para el resto de nuestras vidas.

    En marzo de 1988, cuando pude regresar a la Argentina tras un exilio que se había prolongado merced al celo persecutorio del fiscal Romero Victorica, no solo llevaba una credencial de “Proceso” sino la protección de Julio como un hermano mayor.

    __Que no se metan contigo porque armamos un desmadre internacional. Y ya sabes: lo que necesites, mano. Nada más llamas que aquí estamos.

    Una solidaridad que no desmayó jamás. Típicamente mexicana.

    En el 2011, cuando me casé y le presenté a mi joven esposa mexicana hizo una escena divertidísima en “Los Almendros”, un restaurante de comida yucateca. Después de piropear a Olivia, simuló un ataque de celos y de envidia, se paró y se puso a dar vueltas por el salón como un loco furioso.

    A la hora del café nos preguntó cómo estábamos de recursos y nos ofreció todos sus ahorros, que obviamente rechazamos, pero sabiendo perfectamente que no era un ofrecimiento retórico. Como a Oli se le aguaron los ojos por la nobleza del gesto, salió hábilmente por peteneras y la encaró sonriente:

    __Señora, dígame la verdad, ¿ya se han peleado alguna vez? ¿ya le ha dicho usted “lárgate”?

    La escena tenía un valor emocional enorme si se la relacionaba con nuestro pasado: nuestra amistad se enriqueció cuando incorporamos a nuestras respectivas esposas, Silvia y Susana. Cuando Susana enfermó de cáncer, Silvia la visitaba y la arropaba con su humor y su ternura. Susana murió y Silvia, a su vez, enfermó de cáncer. A Julio lo golpeó duramente la enfermedad de mi mujer, a la que admiraba y quería profundamente.

    __Muérete con ella.__Sentenció una mañana en el restaurante plástico de Insurgentes y Barranca del Muerto, donde nos habíamos citado para conversar largo de esa doble tragedia que nos unía aún más.

    __Muérete con ella.__Insistió de manera concluyente.

    Entendí perfectamente lo que me quería decir y tal vez por haberlo entendido, un cuarto de siglo después, celebró mi matrimonio con Olivia.

    Es curiosa la vida: uno pasa gran parte de su existencia con gente que le importa tres carajos o que directamente nos fastidia y con amigos del alma podemos estar separados durante años.

    A Julio lo fui siguiendo a través de algunos de sus veintidós libros: Los presidentes, La terca memoria, Vivir, Máxima seguridad y Calderón de cuerpo entero. O sus hazañas periodísticas como la entrevista que tuvo con Ismael El Mayo Zambada, capo del Cartel de Sinaloa, compadre del Chapo Guzmán. Fue tabicado a verlo cuando ya sumaba 83 años, pero mantenía intacta la testosterona, fiel a su histórico lema: “si el Diablo me ofrece una entrevista, voy a los infiernos”.

    El también me husmeaba de lejos y a veces nos reencontramos profesionalmente en las páginas de “Proceso”. Cuando la SIDE de Carlos Saúl Menem “chupó” violentamente en México a Enrique Haroldo Gorriarán Merlo y lo llevó clandestinamente a Buenos Aires con la complicidad del presidente mexicano Ernesto Zedillo, le escribí todo lo que había averiguado sobre ese secuestro disfrazado de legítima detención y fue tapa del semanario.

    __Estás como quieres.__Me condecoró por teléfono.

    En nuestros últimos encuentros, hace tres años, volvimos una y otra vez a nuestro tema favorito: la relación entre el periodismo y el poder. Que sólo puede ser de absoluta independencia o el periodismo se convierte en propaganda.

    ¿Cuántos Scherer nos quedan? ¿Nacerán otros en el futuro? ¿Dónde y cómo podrán ejercer su oficio? ¿El talento y el coraje no acabarán ahogados en un océano de yuppies, operadores y cagatintas?

         Hoy es un día de infinita tristeza: a las cuatro y media de la mañana (hora de México) un corazón mayor de América Latina dejó de latir.

Miguel Bonasso
Buenos Aires a 7 de enero de 2015.






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