Lo que no dije en 'Recuerdo de la muerte'

Algunos se preguntarán porqué juego en el título con el equívoco de una posible autocensura, en realidad propongo que se suban a este perverso “lo que no dije”, para viajar por los sótanos del Criptoestado, el espacio oculto de los espías y los asesinos, que desbordó durante la eclosión sangrienta de la última dictadura militar, pero continuó solapado en estos treinta años de democracia, como una célula dormida, dispuesta al crimen individual o social cuando fuera necesario.

         Si “Recuerdo de la muerte” es una novela basada en hechos reales, “Lo que no dije” es un libro de relatos no menos reales, aunque a menudo parezcan ficciones.

         Los traficantes de niños que mueren la víspera de ser juzgados; los nietos recuperados que eligen quedarse con sus apropiadores; los pistoleros de Tacuara devenidos empresarios K; los financistas del proyecto genocida de Centroamérica convertidos en protagonistas de YPF y Vaca Muerta; los hijos de desaparecidos que están felices de comerse un choripán donde sus madres y padres fueron martirizados hasta morir; la Madre que se abraza con el General genocida; los marinos que se hicieron ricos con el botín de guerra y fingieron morir para no ser perseguidos por la justicia;  las peleas a tiros entre los espías; la inevitable yunta de agentes y proxenetas; el ojo del Papa Francisco llegando hasta los lugares más repugnantes para marcar a fuego a la clase política; los héroes desconocidos y olvidados; los represores que se preparan, se disfrazan, se infiltran y se exhiben; los cuerpos policiales secretos creados durante la dictadura de Onganía, que continúan absolutamente vigentes, infiltrándose en los tejidos sociales. 

         No, ciertamente no es lo mismo la dictadura que la democracia, pero la democracia –tal como se ejerce actualmente- mantiene un ancho cono de sombra, que es el que necesita el Poder para moverse a sus anchas.

         Aquella ESMA de “Recuerdo de la muerte”, donde ahora se “resignifican” inverosímiles asados, es una metáfora de la Argentina entera. Es tan argentina como el tango y el dulce de leche.


         Como decía Baudelaire: “hipócrita lector, mi semejante, mi hermano”, si estás a gusto en esta tierra sin ley, cada vez más cruel e indiferente, no abras este libro. Si no te gusta, abrílo de inmediato.

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