Los números del terror

INFORME ESPECIAL

LO QUE SE ESCONDE DETRÁS DEL REGATEO SOBRE LOS CIUDADANOS DESAPARECIDOS




La clase dominante encara una operación política de magnitud, concebida y ejecutada por los sectores más reaccionarios, para resucitar la teoría de los dos demonios, amnistiar a los genocidas condenados, acusar a militantes revolucionarios, para luego "perdonarlos" también y culminar todo con la “reconciliación” generalizada. Operación política y aún cultural que empezó bastante antes de este descarado, inmoral e innecesario regateo sobre el número de ciudadanos desaparecidos.


En política los símbolos cuentan muchísimo y para todo ese sector de la sociedad argentina que de un modo u otro se benefició con la dictadura militar había que limar, achicar y de ser posible ensuciar el número-símbolo de 30 mil desaparecidos, que durante décadas de impunidad, fue bandera de unidad de todas las víctimas del terrorismo de Estado.  


No es verdad lo que dicen algunos pretendidos "humanistas", que es lo mismo 8 mil o 9 mil que 30 mil. Si lo rebajan es porque cada desaparecido tiene por detrás un universo familiar y afectivo, que multiplica la aberración de la desaparición forzada convirtiéndola en un crimen social de magnitud masiva. Políticamente determinante. Para tener una aproximación matemática a la gran cantidad de argentinos perseguidos por la dictadura genocida, basta recordar que hubo cientos de miles de exiliados, que emigraron -precisamente- para no engrosar el número de desaparecidos. Multipliquémoslos por sus familiares y amigos y tendremos una idea de lo que pretendo decir con “políticamente determinante”.


Al rebajar la cifra, además, procuran acercarla a las víctimas provocadas por la guerrilla, porque no han renunciado ni renunciarán a la aberración moral y jurídica que supone "la teoría de los dos demonios". Afortunadamente Argentina adhirió constitucionalmente a las leyes internacionales que condenan como "crímenes de lesa humanidad" a los perpetrados desde el Estado, pero ni eso ha detenido la fiebre “revisionista” de los sectores más retrógrados de la justicia. 


Baste recordar los casos Rucci y Larrabure –en los que yo mismo fui injustamente perseguido a nivel judicial- para advertir como se quiere eliminar de nuestra jurisprudencia el concepto de “crimen de lesa humanidad”, correctamente definido por el doctor Esteban Righi, cuando fue Procurador y negado después de su salida del gobierno por la Cámara de Apelaciones de Rosario que ordenó continuar el proceso Larrabure, de manera totalmente inconstitucional.


La jugada se inició – a nivel político y cultural- en las postrimerías del actual gobierno, bastante antes de que CFK dejara la escena, y prosperó rápidamente merced al desprestigio alcanzado por varias organizaciones humanitarias que se convirtieron en apéndices de la facción gobernante.

Si antes de los Kirchner, Madres y Abuelas eran practicamente sagradas para amplios sectores de la sociedad, conductas injustificables como la de Hebe de Bonafini favorecieron los planes revanchistas de la derecha.

Martín Fresneda. Su torpeza favoreció a Macri.


Esta devaluación permtió que figuras visualizadas socialmente como “progresistas”, la diputada Elisa Carrió y la profesora Graciela Fernández Meijide, que tiene un hijo desaparecido y realizó toda su carrera política a la sombra de esa tragedia personal, organizaran exposiciones públicas junto con montoneros arrepentidos como Luis Labraña y familiares de militares presuntamente asesinados por la guerrilla del ERP, como el señor Arturo Larrabure, con el viejo objetivo de la reconciliación. Tema caro a todos los genocidas del mundo, empezando por los falangistas españoles (varios de los cuales están actualmente en el poder) que primero asesinaron a un millón de españoles y luego participaron como ovejitas democráticas en el Pacto de la Moncloa. Así va España, que a 80 años de la guerra civil todavía sigue con miles de muertos republicanos insepultos.


Un poco antes, algunos escribas vinculados –orgánica o afectivamente- a los servicios de inteligencia, comenzaron un proceso”revisionista al revés” de la historia reciente, que fue fogoneado intensamente por los grandes medios, tradicionalmente subordinados a Estados Unidos y al poder económico local. 


Uno de esos escribas, Ceferino Reato, ex jefe de prensa del corrupto embajador menemista Esteban Caselli (vinculado  a Yabrán y a la P-2) y autor de una hagiografía sobre José Ignacio Rucci, que fue financiada por el “combativo” dirigente rural Gerónimo “Momo” Venegas, inició con su entrevista al genocida Jorge Rafael Videla, el regateo histórico de los 30 mil, que se redujeron a menos de un tercio. Ahora dice que estamos “chapoteando en la sangre y el barro de los setenta”, pero fue él quien se zambulló primero. Y no en la sangre y el barro precisamente, sino en una sustancia más hedionda.

         Después vino una legión de pseudohistoriadores y periodistas a sueldo de 25 de Mayo, con una campaña macartista antiguerrillera y, en particular, antimontonera, de extraordinaria virulencia y gran efectividad. Pero nunca, desde los tiempos de la CONADEP alfonsinista, ningún funcionario del área se había animado a dar, taxativamente, una cifra oficial sobre desaparecidos. La CONADEP, conviene recordarlo, publicó en marzo de 1985 sus ANEXOS DEL INFORME DE LA COMISION SOBRE DESAPARICION DE PERSONAS, donde consignó tres listas: la de “personas desaparecidas por apellido paterno”; la de “personas vistas en lugares de detención” (obviamente clandestinos) y los nombres y ubicaciones de los Centros Clandestinos de Detención, que ya entonces alcanzaban el terrible número de 365. (A un cálculo ridículo de 30 personas por centro ya estaríamos en 10.950 desaparecidos). Más prudente, la CONADEP dejó varios centros sin ningún desaparecido y contabilizó 8.961 casos de personas desaparecidas “por apellido paterno” y 2.510 casos de “personas vistas en centros de detención”. Si las sumamos la cifra resultante es 11.471. 


         Los datos que registró la CONADEP tienen un gran valor porque fueron recolectados cuando aún imperaba el terror a los militares. Baste recordar que en marzo de 1984, cuando el doctor Raúl Alfonsín ya llevaba cuatro meses al frente del gobierno constitucional, la desaparecida Cecilia Viñas de Penino se comunicaba telefónicamente con su familia desde la Base Naval de Mar del Plata donde continuaba en calidad de “detenida-desaparecida” y donde desapareció para siempre después de haber parido un hijo del que se apropió el jefe de la ESMA, el capitán de navío Jorge Vildoza. No es el único caso. Hay muchos más. Especialente en áreas rurales. La tendencia lógica es que, con el paso del tiempo, las denuncias aumentaran, no disminuyeran.

         Pero he aquí –parajodas de la democracia argentina- que al llegar a la Secretaría de Derechos Humanos del gobierno kirchnerista, el hijo de desaparecidos Martín Fresneda creara un pomposo “Registro Unificado de Víctimas del Terrorismo de Estado” (RUVTE), que rebajó el listado a 6348 casos de desapariciones forzadas más 952 personas asesinadas que no estuvieron desaparecidas.

Esos datos, que hubieran debido ser cotejados con distintos conteos y fuentes por una comisión internacional absolutamente imparcial,  le vinieron como anillo al dedo al gobierno de Mauricio Macri. Si los propios kirchneristas, que se jactaban de ser la continuidad de la juventud de los setenta, rebajaban la cifra inicial y precaria de la CONADEP en vez de subirla, la mano les venía de perillas. Ahora había que hacerlo público por muchas razones –entre otras- para ternminar de sepultar a los organismos de derechos humanos y bajarle el precio al kirchnerismo, ya muy alicaído con las causas por corrupción. “Eran todos chorros”, es el grito de guerra pera pulverizar la entrega y el heroísmo de una generación entera y amalgamarla con la basura política contemporánea.

Primero salió a regatear desapariciones el ministro de cultura de Buenos Aires, Darío Lopérfido, el del apellido premonitorio y se armó tal escándalo que se tuvo que ir –literalmente- al Colón. Había tenido letra previa del actual Ministro de Cultura de la Nación Pablo Avelluto, quien escribió en un libelo municipal que había que rebatir los libros como “Recuerdo de la muerte” de Miguel Bonasso, que hacían la apología de la guerrilla y contar lo que Cecilia Pando llamaría “la verdad completa”. Mi antiguo editor en Planeta olvidó consignar la narración del juicio a Tulio Valenzuela, que ha sido una de las narraciones más autocríticas sobre Montoneros.



Claudio Avruj. Decretó la cantidad de desaparecidos.

      Luego, el propio presidente Mauricio Macri dijo en una entrevista periodìstica que habíamos vivido “una guerra sucia” y que él “no tenía idea (sic) de si eran 9 mil o 30 mil”. Le creo que no ntuviera idea de este tema porque como diputado nunca vi que tuviera idea de nada. Por lo tanto ignora que la expresión “guerra sucia” fue inventada por la contrainsurgencia francesa (guerre sale) para justificar torturas y crímenes en Vietnam y en Argelia. Finalmente, el primer mandatario agregó, con desaprensión total: “Esta es una discusión sin sentido: la mayor prioridad del gobierno son los derechos humanos del siglo XXI”.

Faltaba un golpecito de efecto para oficializar la mentira y vino. En agosto pasado una fantasmal Asociación Civil Ciudadanos Libres por la Calidad Institucional, conducida por el abogado José Lucas Magioncalda, a quien fuentes de Comodoro Py consideran un “denunciador serial”, le “exigió” al Secretario de Derechos Humanos Claudio Avruj un listado completo de los desaparecidos y asesinados por la dictadura. Impresionado posiblemente por los antecedentes caceroleros de Magioncalda, que estuvo entre los organizadores de la protesta del 13 de marzo de 2013, (junto entre otros con el nazi Biondini) Claudio Avruj, le pasó los antecedentes del kafkiano RUVTE y salió él mismo a decretar el número de desaparecidos. Primero dijo que habían sido 6348, luego subió a 7010, más 1561 asesinatos producidos desde 1973 hasta el retorno a la democracia.


Más allá de las dudas gigantescas sobre las cifras aportadas por la Secretaría de DDHH, surgen preguntas inevitables: ¿por qué no lo dijeron antes? ¿por qué no dijeron donde están? ¿por qué no dijeron lo que les hicieron? ¿por qué no dijeron quién los hizo desaparecer? ¿por qué le responden al sello de goma de un denunciador serial y nunca le dieron ni cinco de pelota a Madres, Abuelas, Hijos y Familiares en general? ¿porqué no le cuentan la verdad a los países que tuvieron ciudadanos secuestrados como España, Suecia, Francia, Italia, Alemaniao Estados Unidos, entre otros?

¿Qué significa esta frivolidad sobre una tragedia que afecta –de manera directa e indirecta- a millones de argentinos? 


Pero, además, esta respuesta inhumana, es falsa. 


Hace diez años, el viernes 24 de marzo de 2006, el periodista de investigación Hugo Alconada Mon, publicó en “La Nación” (http://www.lanacion.com.ar/791532-el-ejercito-admitio-22000-crimenes) una nota fechada en Washington que llevaba el siguiente copete: “Treinta años después del golpe militar, nuevos documentos desclasificados muestran que los militares estimaban que habían matado o hecho desaparecer a unas 22.000 personas entre 1975 y mediados de 1978, cuando aún restaban cinco años para el retorno a la democracia”.

“El cálculo –continuaba el artículo- aportado por militares y agentes argentinos que operaban desde el Batallón 601 de Inteligencia a su par chileno Enrique Arancibia Clavel, aparece entre los documentos que logró sacar a la luz el Archivo de la Seguridad Nacional de la Georgetown University, y a cuyas copias accedió La Nación”.


Arancibia Clavel, espía de la DINA chilena, fue condenado en el año 2004 por la justicia argentina, dada su participación junto elementos de la CIA y la Policía Federal Argentina en el asesinato del general chileno Carlos Prats y su esposa. Un asesinato que preludió el famoso Plan Cóndor de cooperación entre las dictaduras militares de Centro y Sudamérica. 


En el citado artículo de La Nación, Alconada Mon agrega que “también en 1978 otro documento del Departamento de Estado ya estimaba en 15 mil los desaparecidos”. Y 15 mil desaparecidos fue la cifra que aportó en marzo de 1977, Rodolfo Walsh en su célebre Carta a la Junta Militar. Aún faltaban seis años terribles para que se acabara la dictadura y la matanza generalizada. 



Es importante regresar al número de centros clandestinos de reclusión, que ya en 1984 sumaban 365. Si en la ESMA solamente pasaron más de 5.000 argentinos y sobrevivió un puñado que apenas sobrepasa los cien; si el tétrico general Ramón Camps se jactaba de que bajo sus órdenes habían perecido cinco mil subversivos en la provincia de Buenos Aires; si por el Campito de Campo de Mayo habían pasado otros cinco mil y  la Perla de Menéndez y el “Nabo” Barreiro había sido el calvario secreto de más de dos mil, ¿de cuántos estamos hablando? Si a todo esto se agregaban los prisioneros del Operativo Independencia y los de toda la provincia de Tucumán, bajo control del corrupto general Antonio Domingo Bussi (el que lloraba por sus cuentas en Suiza), es obvio que 7.010 es una cifra ridícula e inmoral. Si sumamos todos los centros clandestinos identificados hasta el día de hoy es altamente posible que el número de 30 mil, que tanto irrita a la clase dominante se quede muy chico.



Robert Hill, embajador norteamericano en Argentina informó a sus superiores en 1978: “Es nuestra estimación que al menos varios miles fueron asesinados y dudamos que alguna vez sea posible establecer una cifra más específica”. Entre otras cosas, porque después de la vergonzosa derrota en Malvinas los jefes militares ordenaron quemar todos los archivos referidos a la represión clandestina.

Sin embargo, una versión de la época aseguraba que había microfilmaciones guardadas secretamente en el extranjero: concretamente en el CESID español y en el Mossad israelí.



Algún día, tal vez, aparecerán los documentos probatorios, mientras tanto, para mi y para millones de argentinos los 30 mil son sagrados. CON LOS DESAPARECIDOS NO SE JODE.


Miguel Bonasso

Buenos Aires, octubre de 2016
   

Feliz cumpleaños Comandante

 Por Miguel Bonasso

Lo escribí hace diez años: “Fidel se va a morir cuando él lo decida y todavía no lo ha decidido”.


         Alguna vez escribí que a Fidel no solo lo admiro sino también lo quiero entrañablemente como amigo. Hace diez años, en aquellos días negros de julio y agosto de 2006, cuando fue operado de diverticulitis y la gusanera celebraba prematuramente su muerte, escribí en Página 12: “Fidel se va a morir cuando él lo decida y todavía no lo decidió”. Los diez años transcurridos y los 90 gloriosos que hoy está festejando, no sólo confirman aquella apuesta, sino el sustento racional de la profecía: “confiaba en la fortaleza del paciente, en ese dominio extraordinario que ejerce sobre la realidad su cerebro privilegiado”, como escribí en aquel momento negro.



         Recordé una conversación que habíamos tenido los dos, ocho meses antes, en una sala del Palacio de Convenciones de La Habana. Hubo un momento en que lo sentí abstraído, lejano, pero súbitamente me miró como si regresara del futuro y confesó:

         __Lo que necesito es tiempo.

         Tiempo para completar lo que llamaba la “revolución energética” en la Isla; tiempo para que “Cuba sea económicamente invulnerable, como ya lo es militarmente”; tiempo para operar de cataratas y pgterigium a seis millones de latinoamericanos pobres en los próximos seis años; tiempo para que los educadores cubanos del programa “Yo sí puedo” ayuden a desterrar el analfabetismo en toda America Latina, “tiempo para que prospere la integración latinoamericana y el ALBA”. Necesitaba tiempo para consumar una gigantesca empresa humanística que parece imposible para una pequeña isla sitiada de ciento diez mil kilómetros cuadrados y once millones de habitantes, que ha sobrevivido –desde enero de 1959- a noventa millas náuticas del imperio más poderoso que ha existido jamás en la Tierra.

         Esa lucha continua del mayor voluntarista que ha conocido la historia mundial, casi lo mata en el 2006, cuando regresaba en avión a La Habana desde Santiago de Cuba, adonde había conmemorado otro aniversario del  26 de julio. Unos días antes lo habíamos despedido en Córdoba, adonde había venido a participar en  una reunión del Mercosur, donde Cuba fue un observador especial. La Argentina oficial de Néstor Kirchner –contrariamente a lo que pueden pensar los fanáticos de ambos lados de “la grieta”- lo  había tratado mal. Ya estaba en vuelo hacia la Argentina, cuando Kirchner  quiso apretarlolo, amenazando con hacer pública una carta donde le exigía que dejara salir de Cuba a la médica Hilda Molina.


         Cuando llegué a Córdoba, después de una larga sesión en Diputados, me llamó la atención no verlo sentado para la cena de gala en la mesa presidencial, adonde lo reemplazaba el entonces vicepresidente del Consejo de Estado de Cuba, Carlos Lage.

         Cuando saludé a Néstor, me pidió que le dijera al Comandante que cediera ante el pedido argentino o haría pública la carta en plena Cumbre. Traté de explicarle, de pie, en voz baja, ante las miradas de toda la mesa, que a Fidel no se lo podía apretar, pero sí se lo podía ganar con un gesto de grandeza, como hubiera sido reducir al 25 por ciento la deuda cubana con Argentina. Haciendo lo mismo que Kirchner le había planteado a nuestros acreedores externos: una quita del 75 por ciento.

         No parecía de acuerdo. Insistió con el apriete. Entonces le dije que lo mandara al canciller Jorge Taiana a entrevistarse con su colega cubano Felipe Pérez Roque, antes de iniciar cualquier acción personal que Castro pudiera tomar como una ofensa y lo hubiera llevado a marcharse de la conferencia con cajas destempladas.



         Por la mañana hubo una reunión con la prensa y el saludo entre los dos fue tenso, distante.  Kirchner lanzó una cifra sobre mortalidad infantil, supuestamente superior a la imperante en Cuba y Fidel lo desmintió. Era evidente que no había simpatía entre los dos. Yo lo sabía desde antes de la asunción presidencial de Néstor Kirchner en mayo de 2003. Yo le sugerí que lo invitara y no me hizo caso. Es hora ya de revelarlo, aunque a muchos les costará creer la verdad lisa y llana: el que invitó a Fidel Castro el 25 de mayo de 2003 fue el presidente saliente Eduardo Duhalde. Parece un disparate pero es la verdad histórica. Una tarde en la Rosada lo hablé con Néstor.

         __Chávez está bien.__Me comentó.__Pero Fidel ya pasó.


         Paralelamente, otra tarde en La Habana, Fidel me advirtió:


         __Ojo, no te confundas que este no es Perón.
 
         Así que su segundo viaje a la Argentina en tiempos de Kirchner no fue como el primero, en mayo del 2003, cuando una multitud espontánea, lo vivó en las escalinatas de la Facultad de Derecho y él –sin inmiscuirse en la política interna- dio un voto tácito de apoyo al nuevo presidente peronista.
         En julio de 2006, después del extenuante vuelo desde Córdoba a la Isla, volvió a su ritmo demencial de trabajo y le sumó un nuevo viaje aéreo a Santiago de Cuba. El organismo se lo cobró con una hemorragia intestinal en el avión que lo traía de regreso a La Habana. Tuvo que ser operado de urgencia y, una vez más, el rumor sobre la inminencia de esa muerte tan deseada en el condado de Miami Dade, fue multiplicada por la prensa occidental.



         La noche del 31 de julio recibí un llamado de la Isla que me dejó sin aliento. Un compañero argentino me avisaba: “Parece que Fidel esta muy mal” y de inmediato la conversación se cortó, generando un insoportable suspenso. A los pocos minutos la CNN informaba que Fidel Castro había sido operado y que por primera vez en 47 años transfería sus responsabilidades en el Estado, al vicepresidente, su hermano Raúl.

         Aunque estaba seguro de que iba a superar la crisis como ya lo dije, me pregunté si no estaba pesando mucho sobre su ánimo una cifra convertida en alegoría: los 80 años que cumpliría el 13 de agosto. Una marca que pautaba la gloria de haber sobrevivido a tantas batallas y a más de 600 atentados, pero que venía a ratificar el escaso tiempo restante para seguir edificando. 
 
         Recordé en aquellas horas de sufrimiento un rasgo que pude percibir en Fidel y no le he visto a ninguno de los múltiples jefes de Estado que he conocido de cerca: su solidaridad efectiva con los que sufren.

         Una madrugada en La Habana, me mandó a buscar fuera de agenda y de protocolo, para hablarme del terremoto en Pakistán y mostrarme la carta que había dirigido al jefe de Estado de ese país, el general Pervez Musharraf, ofreciendo el auxilio de médicos y paramédicos cubanos.



         __Pronto vendrán los grandes fríos.__Me dijo en la sala de Juntas del Palacio de la Revolución__y los habitantes de los pueblos destruídos comenzarán a vagar sin destino en las laderas de las montañas. Vagarán con fracturas expuestas, con gangrenas, con un indecible dolor por lo perdido. Tenemos que hacer algo. Leete la carta a Mucharraf. Estaba realmente conmovido.

         Pocos días después, médicos y paramédicos cubanos comenzaron a viajar a Pakistán hasta completar una generosa brigada de dos mil quinientos (2.500) profesionales, que atenderían durante varios meses a 700 mil pacientes, soportando temperaturas bajo cero.

         A la semana me mandó llamar nuevamente y allí lo pude ver, en la Sala de Situación, dando órdenes por teléfono (y enojándose) con el jefe de la misión. Involucrado hasta las cejas, como le suele suceder con todo lo que hace: desde la Operación Milagro, para operar a miles de ciegos o semiciegos de América hasta la guerra en Angola, que supuso un golpe decisivo al apartheid sudafricano.

         El Comandante es optimista contra viento y marea (“un revolucionario no puede ser pesimista”) pero hace mucho tiempo que advierte sobre una catástrofe final que puede hacer desparecer a los hombres de la Tierra. Lo que hoy dicen Noam Chomsky o el genial Stephen Hawking, el lo vaticinó en la Cumbre de la Tierra, celebrada en Río de Janeiro en 1992: “una especie biológica está en riesgo de desaparecer(…) el Hombre”.



         En un concierto-presentación que realizamos en La Habana con mi hijo Federico y el conjunto de rock “El Juguete Rabioso”, se me acercó una muchachita de la multitud, me alcanzó un libro abierto con una página en blanco y me dijo:”Soy maestra en Oriente y admiro a Fidel, ¿no me haría el favor de pedirle que me escriba aquí algunas palabras?”. Le pasé el libro, el pedido y una lapicera. El Comandante escribió sin vacilar: “con profunda fe en tu generación, si es que sigue el mundo”. 

        

         A mediados de setiembre del 2006 viajé a La Habana para la Cumbre de No Alineados y me honró invitándome a dar testimonio de su convalescencia. Lo vi delgado, pero muy bien. Me dijo que había perdido casi veinte kilos. La mayoría de las fotos que ilustran este mensaje corresponden a ese reencuentro que fue, además, una primicia periodística mundial. Hasta ese momento sólo había recibido a Hugo Chávez y Evo Morales. La nota causó un gran impacto. De pronto jefes de Estado me preguntaban en la sala de sesiones por la salud de Fidel, como si fuera su médico o su vocero. El primer encuentro fue el miércoles 14 de setiembre. El viernes 16 me llamó sin intermediarios y sin saludo previo. Levanté el tubo y escuché:

         __¡Menudo revuelo has causado con tu artículo!

         Y, a renglón seguido, me invitó a tomar un café.

         __Yo te cuento estas cosas, porque eres mi amigo y eres escritor.__Me dijo esa vez, dándome piedra libre para una segunda exclusiva.

         Pasaron los años y el interinato de Raúl se hizo permanente, Fidel se replegó a un segundo plano para dejarlo gobernar. Quedó atrás, como el símbolo máximo de la revolución y el supremo consejero. Ese viajero de Silvio Rodríguez que, cada tanto, regresa del futuro. Tras otro susto antes de terminar el 2006, la salud se estabilizó y le ha permitido llegar fuerte y lúcido hasta el cumpleaños número 90.

         En febrero del 2013, viajé con mi mujer Olivia a La Habana y lo vimos en una reunión con intelectuales. Se sonrió, cómplice con ella y le dijo, señalándome: “¡Muchacha!”. Como diciéndole: ¡justo te fuiste a buscar a este tipo! Estaba tan lúcido como siempre. 

         Lo extraño de verdad. Me hubiera gustado mucho darle el abrazo de los 90 años.





        

El hombre que investiga a Macri

REPORTAJE ESPECIAL / REVISTA PROCESO

Por Miguel Bonasso

El fiscal argentino Federico Delgado inició un proceso judicial otrora impensable en su país: acusar al presidente Mauricio Macri de dos presuntos delitos: “omisión maliciosa” y “lavado de dinero”. Y es que el mandatario habría ocultado deliberadamente su participación en dos empresas off shore destapadas por las filtraciones de los #PanamaPapers, una de las cuales podría estar implicada en lavado de dinero en Brasil. ¿El presidente va a permitir que lo incriminen organismos que dependen de su autoridad?, le pregunta Proceso al fiscal en entrevista exclusiva. “Tenemos que investigar… para eso nos pagan un sueldo”, responde.


Fiscal Federal Federico Delgado


BUENOS AIRES, 15 de julio de 2016 (Proceso).- El fiscal Federico Delgado es una rara avis en la justicia argentina: acusa penalmente al presidente de la República, Mauricio Macri, cuando éste lleva apenas medio año en la Casa Rosada y todavía está en el apogeo de su poder. La sabiduría popular sostiene que los poderosos no son imputados judicialmente hasta que dejan el cargo.

La acusación penal se basa en los #PanamaPapers, destapados a nivel mundial por el Consorcio de Periodistas de Investigación, y en el que participa Proceso. Allí el presidente argentino aparece como director de dos empresas off shore, Kagemusha S. A., con sede en Panamá, y Fleg Trading Ltd, domiciliada en Bahamas. Ambas creadas por el célebre estudio panameño Mossack Fonseca, especialista en construir sociedades fantasma para ocultar a los dueños.

En sus múltiples declaraciones juradas como diputado, jefe de gobierno y presidente de la Nación, Macri “omitió” declararlas. Esto tipifica un delito que fue denunciado ante los tribunales por el diputado Norman Darío Martínez, del kirchnerista Frente para la Victoria y convertido en acusación formal por Delgado.

Pero el fiscal no sólo apunta su índice contra el primer magistrado actual: también ha imputado durante muchos años a varios funcionarios corruptos de la pasada administración kirchnerista, mucho antes de que se desatara la oleada de denuncias contra el gobierno anterior, que no se sabe si acabará en justicia efectiva o será una farsa política como ha ocurrido tantas veces en el pasado, donde grandes corruptos como el expresidente Carlos Saúl Menem –para citar un ejemplo elocuente– eludieron la celda y se sientan, cómodos, en una poltrona del Senado.

En apariencia, este hombre joven, delgado como su apellido, recuerda más un menudo y sonriente duende shakespereano que a un temible acusador jacobino, pero su índice ha marcado, implacable, a ministros, legisladores, dirigentes políticos, capos mafiosos de las drogas sintéticas, espías de los servicios de inteligencia, policías y prefectos comprados por organizaciones criminales y otros especímenes del delito cometido desde el poder.

Lo inquietante para el presidente Macri y otros acusados VIP es que no encuentran por dónde agarrarlo: tiene currículum y no prontuario. Su historial es rico en materia penal e intelectual, porque además de fiscal es profesor de ciencia política y de filosofía del derecho, pero su vida personal es tan intachable como su actuación en la justicia.

Falseando la verdad, los abogados de algunos capos de las drogas sintéticas lo acusan de buscar los reflectores, cuando es famoso su culto del bajo perfil. Por su parte los defensores del presidente Macri dicen que está en una “excursión de pesca” para buscar datos que corroboren su acusación. Pero Delgado no se inmuta: sigue vistiendo jeans y chamarras, en un paisaje solemne de corbatas y trajes oscuros y llega a los Tribunales Federales de Comodoro Py (los más poderosos del país) montado en bicicleta. Una bicicleta que estaciona con calculada malicia junto a los autos de alta gama de varios de sus colegas.

En esos corredores gélidos de Comodoro Py, se rumorea que están por arrebatarle la causa contra Macri, con una argucia leguleya: cambiarle la carátula y pasarla a otra jurisdicción. También lo persiguen a nivel académico con criterios macartistas y ha debido renunciar –con una carta muy dura– a las cátedras que brindaba en la Universidad de Palermo.

Pero también hay poderosos que lo aprecian. El Papa Francisco, por ejemplo, lo consideraría uno de los pocos funcionarios judiciales argentinos capaces de llevar a cabo un mani pulite en serio, aquella lucha contra la mafia que en Italia le costó la vida al juez Giovanni Falcone. Hace poco, el pontífice lo invitó a una reunión de jueces y fiscales en el Vaticano, a la que Delgado sorpresivamente no concurrió “por razones personales”.

La acumulación de enemigos poderosos, que ante el menor desliz lo pueden recusar como fiscal, lo hace ser muy cauto en sus declaraciones, por eso no resultó fácil esta entrevista exclusiva para Proceso, a la que llegó en bicicleta, vistiendo jeans y chamarra.

Pero la dificultad valió la pena: las definiciones del fiscal Delgado sobre temas como independencia de la justicia, corrupción y Estado ausente, no se limitan al escenario argentino: son también válidas para México y para toda América Latina. A continuación la síntesis de un intenso diálogo que se extendió más de dos horas.

Presidente Mauricio Macri. Foto: Natacha Pisarenko


“Omisión maliciosa”

–¿Está probado que el presidente omitió la existencia de las empresas en Panamá y Bahamas?

–Así es. Hay que determinar si las ocultó de forma deliberada. Si lo hizo, es un delito; se llama “omisión maliciosa”. Pero, además, el denunciante, el diputado Martínez, fue un poco más allá y obtuvo documentación de la Inspección de Justicia de Brasil, según la cual, la sociedad Fleg Trading (que figura en los #PanamaPapers) ingresó a los negocios de otra empresa de Brasil, Pago Fácil, a través de la familia Macri. Entonces denunció que, además de la omisión maliciosa, Macri podría haber cometido el delito de “lavado de dinero”. Iniciamos la investigación y comprobamos que la sociedad Fleg no está incluida en la declaración jurada de Macri.

–¿En ninguna de sus declaraciones como funcionario público? (como diputado­ nacional, jefe de Gobierno de la ciudad autónoma de Buenos Aires y presidente).

–En ninguna. Macri sostiene que no la incluyó porque fue “director” y no “presidente”, porque estuvo poco tiempo y porque cuando la sociedad empezó a tener vida patrimonial él ya no era ejecutivo. Esa discusión está en trámite judicial.

“Por otro lado está el tema del lavado de dinero que es mucho más complejo por dos razones. Primero porque la globalización es sólo económica, para las transacciones, pero a la hora de intercambiar información entre los Estados, es medieval. Todavía funciona con base en exhortos, que no son más que pedidos de ayuda, digan lo que digan las leyes. Pedidos que dependen de la buena voluntad del que tiene que informar y de la pericia diplomática del Estado que solicita la información. En este caso, la información que pidió el juez (Sebastián) Casanello es bastante compleja porque incluye a Gran Bretaña, Bahamas, Panamá, Brasil y Uruguay. Porque Fleg no es sólo Fleg sino que tiene además un montón de ‘parientes’”.

–¿Qué objetivo concreto tienen estos exhortos?

–Determinar si ésta Fleg tuvo una vida económica activa; dos, si Macri participó de esa vida económica activa; y tres, si cometieron con esta empresa otro delito, como lavado de dinero.

–¿Con qué herramientas cuentan para llevar a cabo una investigación compleja y a nivel internacional?

–El juez hizo todos los pedidos que debía hacer, por eso también interviene la Fiscalía de Investigaciones Administrativas, la Unidad de Inteligencia Financiera y la Oficina Anticorrupción. En principio podemos decir que están trabajando todos los organismos del Estado. Lo cual hace un poco de ruido porque Macri es el presidente…

–A eso iba: ¿el presidente va a permitir que lo incriminen organismos que dependen de su autoridad?

–A nivel popular dicen: “Es como que el presidente se investigue a sí mismo”. Bueno éste no es solamente un problema de las instituciones argentinas: cómo separar el gobierno de los hombres del gobierno de la ley. O la distinción weberiana entre política y administración. Según Max Weber se supone que la burocracia es estable, perdura en el tiempo y la constituye un grupo de funcionarios altamente capacitado y especializado y el dirigente político es la cabeza de todo eso. En Argentina está todo un poco mezclado.

–En Argentina contradicen a Weber.

–No lo contradicen, porque Weber mismo dice que hay Estados llenos de diletantes, de funcionarios aficionados y burocracias porosas que no habían llegado al grado de especialización profesional que requería el capitalismo en los años veinte.

–Pero, en concreto, ¿usted piensa que en la Argentina es factible que un presidente en ejercicio pueda ser investigado judicialmente?

–Mire: nosotros tenemos que investigar. Siempre. A los de un bando y los de otro. Para eso nos pagan el sueldo. De hecho investigamos a otros presidentes: Fernando de la Rúa, la propia Cristina Fernández de Kirchner…

El “loco” del convento

En el caso de Federico Delgado no hay dudas de que pueda acusar a tirios y troyanos. Ahora mismo se ha producido un hecho escandaloso en Argentina que lo demuestra. Parece sacado de una película de Woody Allen, pero ocurrió, de verdad, días atrás:

José López, un señor bajito y calvo, que fue secretario de Obras Públicas de la Nación durante los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner, fue denunciado por un vecino y detenido por la policía, durante la madrugada del 14 de junio pasado, en un monasterio de la provincia de Buenos Aires, mientras arrojaba por encima de la barda externa bolsos llenos de dólares, euros, yuanes y otras monedas exóticas, por un valor cercano a 9 millones de dólares.

En esa suerte de convento había vivido un obispo enemigo del actual Papa pero amigo del presidente Kirchner y actualmente pernoctaban tres monjas de avanzada edad, custodiando una extraña cripta que para ellas estaba destinada a sepulcro y según los mal pensados, a guardar fondos robados al erario.

Atrapado literalmente con las manos en la masa, López se hizo el loco y hasta llegó a pedirles a los policías bonaerenses que le regalaran un poco de cocaína. Pero lo chistoso del asunto resultó trágico para el kirchnerismo y su jefa, Cristina Fernández de Kirchner, porque puso en grosera evidencia lo que negaban los sectores autodenominados “progresistas”: que la corrupción del gobierno “nacional y popular” había desbordado todos los límites conocidos.

Según estos sectores, ni Néstor ni Cristina habían advertido que López era un ladrón de tomo y lomo, pero sí lo advirtió el fiscal Federico Delgado, que ya en el temprano 2008 lo procesó por enriquecimiento ilícito.

–¿Qué pasaba si López no tiraba los bolsos sobre el muro y el vecino no lo denunciaba?

–Nada, no pasaba nada. Es una vergüenza que el sistema judicial tarde ocho años para investigar a un tipo que tenía la plata en una bolsa. Esto no es crítica ni autocrítica: son los hechos que hablan de la ineficacia del Estado argentino. En el caso López hubo un coeficiente de adversidad –para usar una frase sartreana– dificilísimo de sortear. El milagro fue mantener la causa abierta durante ocho años. Ocho años en los que el juez sólo nos daba respuestas formales. Por eso pasaron ocho años, porque las respuestas eran formales pero no reales. Esto demuestra que la justicia argentina tiene un grave problema: en vez de analizar procesos, analiza fotos. Instantáneas de una secuencia.

“Si nosotros limitamos el caso López a la cuenta aritmética de cuánto declaró y cuánto tiró por encima del muro, el tema se agota ahí mismo: es enriquecimiento ilícito. Pero para que una persona acreciente su patrimonio de manera tan bestial, tiene que haber una manguera que alimente ilegalmente ese crecimiento exponencial. Entonces hay que ubicar ese incremento en una trama de sentido que lo explique. Esa trama es el paso de López por la función pública, en un lugar estratégico donde se administraban los dineros que se usaban para la obra pública. Allí estuvo 12 años a nivel nacional. Antes había cumplido funciones similares o idénticas en el gobierno de la provincia de Santa Cruz, en ambos casos con el mismo grupo político (el que comandaban Néstor y Cristina Kirchner).

–¿Por qué ese impromptu? ¿Alguien le avisó que lo pensaban allanar?

–En la causa nuestra no estaba previsto ningún allanamiento. Lo que estamos tratando de reconstruir es justamente las circunstancias que rodearon ese desprendimiento del dinero. Pero debo decirle que tenemos carencias tecnológicas importantes. Por ejemplo, carecemos de medios para leer los mensajes de WhatsApp. Es un problema mundial: hay casos en que los terroristas usaron teléfonos de alta gama que el FBI no logró desbloquear. En nuestro caso no es la excepción, sino la regla: no tenemos tecnología para desbloquear los teléfonos y leer los mensajes en una época en la que la gente dejó de hablar por teléfono y escribe.

“La corrupción mata”

–Volviendo al planteo suyo de ver el proceso y no sólo la foto, usted dijo hace poco que la expresidenta Cristina Fernández debía ser citada a declarar en el caso López.

–Claro. Nadie debe ser descartado. ¡Cómo usted va a descartar a priori a una persona que fue la jefa directa del imputado!

–No, porque lo que se está exhibiendo en materia de corrupción habida durante el gobierno kirchnerista es astronómico.

–Quizá nunca fue tan visible la corrupción como en estos tiempos, en que las trayectorias de vida quedan a la vista en los medios. La Cámara Federal dijo el otro día, cuando procesó a Lázaro Báez (acusado de ser testaferro de Néstor y Cristina Kirchner), cómo podía ser que un simple cajero de banco en 12 años pudiera convertirse en el terrateniente más grande de la provincia de Santa Cruz.

–Un socio comprobado del matrimonio Kirchner como lo demuestran diversos documentos…

–…alquileres, compraventa, entre otros…

–Por muchísimo menos que eso destituyeron a Fernando Collor de Melo en Brasil…

–…o a Dilma Rousseff.

–¿Piensa que Cristina va a ir presa?

–No lo sé.

–Y en su fuero interno, ¿cree que debería ir presa?

–Si contesto eso me sacan todas las causas –dice el fiscal y ríe a carcajadas–. Para decirlo de manera kantiana: eso forma parte del “uso privado de mi razón”.

Se ríe como un muchacho y le recuerdo que ya lo empujaron abruptamente de otras causas. Como la tragedia ferroviaria de la estación Once, ocurrida hace cuatro años, donde murieron 51 pasajeros. Delgado había avanzado hasta pedir que los responsables de primera línea, como los sucesivos ministros de Transporte, Ricardo Jaime y Juan Carlos Schiavi, y el poderoso ministro de Planificación, Julio De Vido, estuvieran presos. En diciembre pasado fueron condenados los dos primeros. De Vido todavía está libre. En 2010 Delgado ya había denunciado a ese ministro tan poderoso de la “era Kirchner” por la compra a España y Portugal de material ferroviario inservible. La denuncia durmió seis años en un cajón del juez federal Julián Ercolini.

“Exactamente, me empujaron, me sacaron de esa causa. Sí, sí, porque logramos probar que ‘la corrupción mata’”.

–Al menos Jaime está preso.

–Sí, a pesar de las fricciones entre el juez y la fiscalía, que por suerte no traspasaron el expediente. Como el juez trabajó de juez, el fiscal de fiscal y las víctimas empujaron con enorme fuerza, se logró elaborar un producto que se dio pocas veces en la Argentina: demostrar en un tiempo razonablemente corto que la corrupción mata y condenar a parte de los responsables.

–Vistos estos antecedentes, ¿no teme que el expediente Macri termine durmiendo el sueño de los justos?

–Por ahora no duerme. Por ahora la trabazón más importante es esta cuestión medieval de los exhortos. La idea nuestra es que no duerma nada. Por el lado nuestro seguro que no va a dormir. Sabemos que Fleg Trading estuvo activa, hay que ver si durante el periodo en que estuvo activa Macri intervino. Estamos cotejando las declaraciones juradas y las empresas parientes de Fleg…

–¿Y?

–Y… nada –sonríe–. Por ahora no puedo anticipar nada.

Observa el periódico del día que está sobre una mesa. El titular informa que Ibar Pérez Corradi, acusado de ser el autor intelectual del Triple Crimen de la Efedrina, ha llegado a Buenos Aires extraditado desde Paraguay y sus declaraciones ante la justicia podrían resultar fatales para alguien a quien los narcos llamaban La Morsa y que sería el exjefe de gabinete de Cristina Kirchner, Aníbal Fernández. Él –según estas versiones– habría comandado las exportaciones de este precursor químico a México, donde se fabricaban drogas de diseño.

–¿Cree que puede haber un crecimiento de la violencia narco en la Argentina que de alguna manera nos acerque al panorama terrible por el que atraviesa México?

–Nosotros tenemos la experiencia de trabajar mucho con el tema de trata de personas y drogas en poblaciones vulnerables, básicamente en villas de emergencia. Y no sólo vemos más violencia, vemos con gran preocupación que en aquellos lugares donde el Estado no llega, las prestaciones que debería dar las empiezan a dar los narcos.

Nos despedimos. Se pone el casco en la acera y sube a la bicicleta. Lanza una última reflexión:

–Pienso que Argentina, como otros Estados-nación de América Latina, está erosionada por abajo y por arriba. Por abajo por la exclusión, la pobreza, la fragmentación, la existencia de lugares donde ha perdido soberanía efectiva el Estado-nación; y por arriba, porque no pueden gobernar las transacciones financieras si no tienen forma de recaudar impuestos. Nuestros Estados son rehenes de la pobreza y de una aristocracia internacional que gobierna las finanzas mundiales.

Me aprieta la mano en la despedida. Tal vez encuentra una simetría con el interlocutor. Mi última pregunta tiene que ver con la multitud de enemigos poderosos que tiene en la cúpula y en los sótanos del Estado, con el macartismo explícito que lo obligó a dejar las cátedras que amaba en la Universidad de Palermo.

–El precio de la autonomía –sentencia con una sonrisa melancólica– es la soledad.­

http://www.proceso.com.mx/447429/hombre-investiga-a-macri

A 40 años del genocidio argentino. La provocación de Obama


INFORME ESPECIAL
A 40 años del genocidio argentino
La provocación de Obama
                                              
  Por Miguel Bonasso

“Primero vamos a matar a todos los subversivos; después a sus colaboradores; después a los simpatizantes; después a los indiferentes y, por último, a los tímidos”
General de Brigada Ibérico Manuel Saint-Jean  Gobernador militar de la provincia de Buenos Aires, durante la dictadura


         Una verdadera provocación fue transmutada por los medios argentinos en imagen poética convencional: dos hombres solitarios arrojando sendas coronas de flores a las aguas terrosas del río más ancho de la Tierra. Ocurrió el 24 de marzo pasado en el Parque de la Memoria, de la ciudad de Buenos Aires, una construcción fría y muy poco expresiva para recordar a los 30 mil desaparecidos que produjo la dictadura militar más sangrienta de la historia argentina.
Mauricio Macri y Barack Obama:
dos solitarios en el Parque de la Memoria

         Los dos solitarios, en realidad, estaban custodiados por unos tres mil pretorianos de civil que se mimetizaban en el paisaje ribereño y, obviamente, no salían en las fotos. Su presencia al acecho y la ausencia total y ostensible de los organismos defensores de los derechos humanos, pusieron de relieve que tanto el presidente norteamericano Barack Obama, como el argentino Mauricio Macri estaban severamente contraindicados para evocar lo que la CONADEP (Comisión Nacional sobre Desaparición de Personas) calificó en el “Nunca más” como “la más grande tragedia de nuestra historia y la más salvaje”.

         Obama por ser el funcionario principal de la potencia que prohijó el golpe de estado del 24 de marzo de 1976 y Macri por pertenecer al grupo empresarial SOCMA, uno de los setenta grandes holdings beneficiados en 1982 por la dictadura militar con la nacionalizción de sus obligaciones, que fueron transferidas al conjunto de la sociedad y desde entonces cuelgan con sus delincuenciales intereses en la deuda externa argentina.

         Nada de esto fue recordado por los grandes medios, que rivalizaron en obsecuencia hacia Obama, considerándolo no solo como un estadista realmente respetuoso de los derechos humanos (a pesar de sus perfomances en Medio Oriente), sino incluso como un excelente bailarín de tango. Por su parte Macri y su “encantadora esposa” Juliana Awada, fueron presentados como una suerte de Keneddys contemporáneos totalmente ajenos a oscuros empresarios de la noche mexicana, vinculados en Cancún al proxenetismo y los Zetas, como es el caso del ex asesino de la Triple A Raúl Martins y su socio Gabriel Conde en el burdel Mix Sky Lounge, visitado hace cuatro años por el presidente argentino y su mujer.  

El proxeneta Gabriel Conde, Mauricio Macri, Juliana Awada y
la mujer de Conde en el prostíbulo Mix Sky Lounge de Cancún.

         Ni la prensa, ni la dirigencia política, ni los “historiadores profesionales”, se animaron a descifrar las claves decisivas que encierra el golpe de estado del 24 de marzo. A lo sumo, algunos torpes propagandistas del revanchismo militar en auge con el gobierno conservador de Macri, se pusieron a regatear la cifra de desaparecidos, reduciendo el total de 30 mil a los 8.900 que admitió –ya en el lejano 1984- la Comisión Nacional sobre Desaparición de Personas la famosa CONADEP. Advirtiendo, por cierto, que se trataba de una cifra provisoria pasible de aumentar conforme pasaran los años y se fuera diluyendo el terror de la dictadura que en aquel entonces aún estaba intacto y onmnipresente. Sin embargo, a casi cuatro décadas de aquella advertencia, algún exponente de la conejera revanchista, como el ministro de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires, Darío Lopérfido, llegó a decir que el errror de los militares consistió en no haber fusilado abiertamente a los militantes, en lugar de hacerlos desaparecer en la noche y la niebla.

         Lopérfido, portador de un apellido premonitorio, demostró con su sincericidio que era infinitamente menos astuto que el fallecido dictador militar Jorge Rafael Videla, quien en una conferencia de prensa en la Casa Rosada, en diciembre de 1979, inundó de tinieblas el Salón Blanco con una definición que aún espanta: “el desaparecido es una incógnita. Es un desaparecido. No tiene entidad. No está muerto ni vivo, está desaparecido”.

         No hubo error como se ve , ni exceso alguno.  La masacre había sido planificada al milímetro muchos meses antes de que los tanques aplastaran el pavimento de Buenos Aires. Con el patrocinio de Washington, por supuesto.



¿A qué hora son las ejecuciones?”


         Nada es más cierto que la sentencia “Dios ciega a los que quiere perder”. A las doce de la noche del 23 de marzo de 1976, prominentes dirigentes del sindicalismo peronista salieron de la casa de gobierno, para seguir deliberando en el ministerio de Trabajo. El metalúrgico Lorenzo Miguel sonrió, sobrador, a los periodistas que le preguntaron por la inminencia del golpe: “todo normal, no hay movimientos de tropas”. A su lado , Felipe Deolindo Bittel, gobernador del Chaco y uno de los principales dirigentes del Partido Justicialista, le aseguró sonriente a los cronistas: “Tranquilos, muchachos, que no hay golpe”. 

         Catorce minutos más tarde, una María Estela Martínez de Perón, consumida por las presiones militares y las diarreas cotidianas, ascendía a un helicóptero en la terraza de la Rosada, acompañada por su secretario privado Julio González. A poco de haber despegado, mientras volaban sobre el Bajo cercano al río, el piloto recibió un mensaje en clave y pretextando un desperfecto en una de las turbinas descendió en el área militar del Aeroparque Metropolitano. La viuda de Juan Domingo Perón y su desconcertado secretario vieron entonces como efectivos de la Policía Militar de la Fuerza Aérea rodeaban el aparato y se acercaban un general, un brigadier y un contralmirante. El general José Rogelio Villareal –hombre de confianza de Videla- desnudó el cambio de situación institucional con una simple información: “Señora, está usted arrestada”. La mujercita frunció sus labios delgados y temblorosos, pero no dijo nada. El secretario González, en cambio, observó la selva de fusiles y formuló una pregunta antológica: “¿A qué hora son las ejecuciones?”

         Por debajo del ridículo, ya resoplaba el terror: un grupo militar se presentó en el domicilio del mayor Bernardo Alberte, que había sido uno de los delegados de Perón  durante su largo exilio y derribó la puerta de su departamento a culatazos.

         __Alberte, venimos a matarte.__Aulló el joven oficial a cargo del operativo, y tardó segundos en cumplir su amenaza: apretaron al Mayor contra una de las ventanas y lo arrojaron sl vacío desde seis pisos de altura.

         Esa misma madugada comenzó la cacería a nivel nacional. En Córdoba, en Rosario, en San Nicolás, en Villa Constitución, en las zonas fabriles, el golpe desnudaba su carácter de clase y desaparecía en masa a los delegados sindicales de base. Aquellos a quienes Ricardo Balbín, jefe de la Unión Cívica Radical, (partido que actualmente integra la coalición en el gobierno), llamaba con lenguaje de represor “la guerrilla industrial”. Un 49 por ciento de los secuestrados eran obreros (32 por ciento) y un 17 por ciento empleados. 

Los trabajadores perdieron sus derechos sindicales, mientras los partidos perdían sus derechos políticos y la prensa enmudecía, cómplice o aterrada. Su silencio era indispensable para consumar la “desaparición forzada de personas” y construir rapidamente el Estado Clandestino.

         Así como había enemigos de clase había también enemigos generacionales: la edad de los desaparecidos es elocuente: el 57 por ciento transitaba entre los 21 y los treinta y cinco años. Toda una generación de relevo (la más activa y pensante) eliminada de un sablazo. 

         Políticamente, la Argentina repetía una maroma histórica que, en clave pacífica, y salvando las gigantescas distancias, se ha dado también en la transición de Cristina Fernández de Kirchner a Mauricio Macri: los desbordes y torpezas del “justicialismo” (peronismo) para perpetuarse en el poder acaban reinstalando a la derecha conservadora y revanchista que es la otra cara de la misma moneda. Luego vuelve el “justicialismo” y todos contentos con un país que ni avanza ni retrocede sino que se revuelca sobre sí mismo.

         Así ocurrió en setiembre de 1955, cuando un Perón políticamente decrépito, al que le faltaba el vigor transformador de su mujer Evita, desplegó un absurdo culto de la personalidad y una tolerancia cómplice con actos de corrupción y represión perpetrados por los obsecuentes de siempre.

         Así ocurrió en el período de María Estela Martínez Cartas de Perón, cuando las escuadras terroristas de la Triple A, conducidas por el Brujo José Lópz Rega, secretario privado del líder justicialista y mentor de “Isabelita”, asesinaron a más de trescientos militantes de la izquierda tradicional y la izquierda peronista. 

         Así ha vuelto a ocurrir, en clave mucho más civilizada, con los desbordes personalistas de Cristina y su manejo inescrupuloso de los bienes del Estado, que pavimentaron el ascenso al poder de un personaje tan oscuro como Mauricio Macri, acusado en su momento de contrabandista y patrocinador de espías por diversas instancias judiciales, incluyendo la Corte Suprema. Como se ve peronistas y derechistas “liberales” se necesitan recíprocamente para bailar el minué reiterativo de la decadencia.


La teoría de los dos demonios

         La historiografía oficial argentina reitera desde hace cuarenta años una tesis falsa, psicologista y maliciosa sobre las causas del golpe del 24 de marzo. Es la teoría de los dos demonios, inventada por el escritor de medio tiempo Ernesto Sábato, para regalarle un comodín a Raúl Alfonsín (o al mandatario de turno, ya que durante sesenta años apoyó a todos los gobiernos en sus comienzos, incluído el de Videla). Según esta propuesta el demonio de ultraizquierda (la guerrilla) habría provocado con sus acciones “subversivas” la reacción de la ultraderecha, que en vez de reprimir con el código en la mano y a la luz del día, optó por masivas ejecuciones clandestinas, donde los asesinados se convirtieron en “desaparecidos”. 

         La tesis, nuevamente desplegada en artículos y libros, tiene ahora un objetivo político y penal concreto: lograr que los ex guerrilleros sean también juzgados por sus actos violentos, vayan presos y entonces –bajo el manto protector de la Iglesia- sean perdonados unos y otros, en un perverso jubileo de la sangre. El inconveniente que tienen estos reformadores de las leyes, es que –para la comunidad internacional- los crímenes perpetrados desde el Estado son considerados de lesa humanidad y no prescriben; es como si se estuvieran cometiendo en este mismo momento. 

         La Argentina adhirió a nivel constitucional a los tratados sobre tortura y crímenes de lesa humanidad y por lo tanto, salvo que distorsione el espíritu y la letra de la Carta Magna y desconozca los compromisos universales a que estamos obligados tiene que cumplir la ley.

         En verdad, cuando se produce el golpe, el poder de la guerrilla se hallaba más que mellado. El guevarista Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) estaba al borde de la extinción y la izquierda peronista de Montoneros sobrevivía en acciones aisladas, a veces espectaculares o de cierta magnitud, pero totalmente incapaces de alterar el esquema de poder vigente. En cuanto a Isabel, si los militares hubieran esperado nueve meses, los rivales políticos de la Viuda, la hubieran sacado electoralmente  de la Rosada.

         ¿Para qué, entonces, emitir directivas secretas que previeron todos los pasos del horror y cumplirlas a rajatabla: la desaparición forzada de personas; la tortura sin límite en el tiempo; las ejecuciones clandestinas; las violaciones de prisioneras; la reducción a esclavitud de prisioneros desarmados, el robo de sus recién nacidos a las parturientas cautivas; la entrega de esos bebés a represores y, en varios casos, a los propios asesinos de sus padres. Todo esto con la complicidad y la bendición de curas y obispos ultramontanos, que equiparaban en ferocidad a sus antecesores falangistas, aquellos que entregaban los hijos de los republicanos a gélidas monjas medievales.

         Como tantas teorías inventadas por el poder, lo trascendente de la  que llamamos “de los dos demonios”, no es lo que se muestra, sino lo que oculta.

La masacre escondida

         No por casualidad, la mayor masacre de la historia argentina yace olvidada y oculta, abrumada por el peso de la historia oficial.

         Es así: el 16 de junio de 1955, Buenos Aires se convirtió en ciudad abierta, sujeta –durante largas horas- a bombardeos y ametrallamientos por parte de aviones de la Marina de Guerra y la Fuerza Aérea, que no vacilaron en asesinar masivamente a sus compatriotas civiles. Una atrocidad sin precedentes, agravada por la circunstancia de que Argentina no se encontraba en una situación de guerra civil o convencional, sino bajo el imperio de un gobierno polémico y resistido por la oposición, pero democráticamente elegido y absolutamente constitucional.

         En su torpe y criminal intento de matar a Perón a bombazos provocaron unos trescientos muertos y más de dos mil heridos. Los culpables no fueron fusilados, ni siquiera castigados severamente. Nada similar ocurrió nunca en ninguna otra capital de América Latina. 

         Fue si se quiere más grave aún que el bombardo nazi a Guernica, porque los civiles que discurrían al mediodía por la Plaza mayor de la Argentina ignoraban que esos aviones, conducidos por compatriotas y teóricamente ocupados en rendir homenaje al Libertador General San Martín se aprestaban a soltar toneladas de bombas sobre sus cabezas.

         Menos aún se sabía (y se tardaría muchos años en saberlo) que el gobierno estadounidense del general Dwight Eisenhower y el inglés de Winston Churchill- en abierta intervención criminal- habían suministrado las espoletas de las bombas que se arrojaron sobre la histórica Plaza. 


Los hombres de Washington

         Un personaje muy oscuro, pero influyente en las bambalinas del putsch del 55, había sido el teniente de navío Emilio Eduardo Massera, ayudante del ministro de Marina Aníbal Olivieri, verdadero jefe en las sombras del bombardeo. Massera, que ya era un oficial de inteligencia cuando se planeó la más cruenta operación terrorista de la historia argentina, ascendería poco después a Segundo Jefe del Servicio de Informaciones Navales en los 60 y redondería su formación como torturador y espía en la famosa Escuela de las Américas y en el Interamerican Defence College de Washington. No era el único: sus dos compañeros en la Junta Militar que condujo el golpe del 24 de marzo de 1976, eran también soldados “occidentales y cristianos” formados por el Comando Sur de los Estados Unidos y dirigidos por la Junta Interamericana de Defensa.

         El jefe de la Junta, el teniente general Jorge Rafael Videla, también había pasado por Washington como agregado militar entre 1956 y 1958, años caldeados de la Guerra Fría. Allí, el entonces Mayor Videla, había hecho excelentes relaciones con la inteligencia militar nortemericana, que le servirían mucho veinte años desués, al llegar alpoder absoluto.

Massera, Videla y Agosti: los tres fueron instruídos en EEUU.


         Para no ser menos, el tercer integrante de la Junta, el brigadier de la Fuerza Aérea Ramón Agosti, también había caminado a fondo la capital de Estados Unidos: en el 62 como enviado ante la Junta Interamericana de Defensa y diez años después como “agregado aeronáutico” en la embajada argentina en Washington. Eran la punta de un iceberg integrado por más de dos mil oficiales y suboficiales argentinos que fueron convenientemnte “educados” en la Escuela de las Américas.

         Pero si ya es significativo que los tres membros de la primera junta militar hubieran cumplido misiones en Estados Unidos, la supuesta “coincidencia” se transforma en doctrina, cuando el poder miliutar subordinado al Pentágono se une al poder económico subordinado a Wall Street.

         José Alfredo Martínez de Hoz, alias Joe, condiscípulo y amigo personal de David Rockefeller en las aulas de Harvard y en la sala de juntas del Rockefeller Center de Nueva York, sería el ministro de Economía del Estado Clandestino inaugurado el 24 de marzo. Terrateniente, socio de los suizos de Motor Columbus y de los gringos de la United Steel, Joe fue mucho más que un simple funcionario autoritario y corrupto: el auor de un cambio de paradigma gigantesco en la vida económica y social de la Argentina, que significó pasar de la industrialización por sustitución de importaciones, a lo que se llamó el régimen de valorización financiera. Es decir la economía como especulación financiera y traslado feroz de ingresos hacia los sectores más concentrados. El Estado de Bienestar, generado por el primer peronismo en la posguerra del 45, derruido para dar paso a lo que se iría viendo a poco andar: grandes bolsones de miseria, achicamiento del mercado interno, proliferación de importaciones inútiles o suntuarias, porcentajes crecientes de desocupación.

         A Estados Unidos le convenía achicar a la Argentina y lo hizo con la complicidad de muchos de esos burgueses que en las fiestas patrias, le ponen la banderita al auto de alta gama. 

         Pero, además, hubo una autorización expresa para eliminar a los argentinos que, con errores o sin ellos, se oponían al proyecto neocolonial.

A ella se ha referido de manera tangencial y muy liviana Barack Obama, en la caricatura de autocrítica que formuló ante el sonriente Macri, cuando prometió que Estados Unidos desclasificará documentos sobre la dictadura y los hará conocer a la brevedad, olvidando que ya Wikileaks y su perseguido mentor Julian Assange han destapado cientos. 

Más allá de la ignorancia creciente que ha prohijado el sistema, hasta los más bisoños estudiantes de periodismo recuerdan que en una entrevista secreta, en el otoño austral de 1976, el Secretario de Estado Henry Kissinger, le dijo al canciller argentino, contralmirante César Guzetti: “clean up the problem”. O sea: limpien a los guerrilleros pero háganlo rápido y con discreción para que no vengan a molestarnos a nosotros con el tema de los derechos humanos.

No es necesario que Washinton desclasifique mucho; está todo sobre la mesa. Sobra con ver el papel que cumplirían los servicios de inteligencia argentinos, en complicidad con la CIA, durante la guerra sucia de los contras que Washinton instrumentó ilegalmente contra el gobierno sandinista de Nicaragua. Una alianza que se prolongó incluso más allá de la “desilusión” de Malvinas, cuando Estados Unidos –como era harto previsible- apoyó a Gran Bretaña en contra del “majestuoso” general Leopoldo Fortunato Galtieri. 

Con revisar las cifras de la ayuda militar a Buenos Aires basta y sobra. El resto forma parte de la hipocresía diplomática, de lo que la totalidad de los organismos humanitarios de Argentina consideraron como una provocación de Obama. Algo así como la presencia del mafioso Barzini en el entierro del Padrino Vito Corleone.    



En Twitter:
@bonassomiguel

Publicado en la edición 2057 de la Revista Proceso (México).http://www.proceso.com.mx/435740/a-40-anos-del-genocidio-argentino-la-provocacion-obama


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